Los ojos del viento en la Más Cañada de Alaejos

Una de las dos torres de Alaejos necesita reparación, el tiempo ha mordido sus muros y ha escupido la piedra roja hacia abajo. Levantando la vista se aprecia el trabajo del viento y la lluvia sobre la cornisa, en esta fría mañana de domingo. Los voluntarios se preparan para la octava edición de la Más Cañada, reparten tareas y distribuyen a los visitantes que, cámara al cuello, buscan ubicación en algún vehículo. Mientras el viento juega con los arcos y las vallas que han colocado los chicos de http://runvasport.es, uno de los fotógrafos pregunta, ingenuo, si es posible llegar en coche hasta algún sendero. Los muchachos del gorro y el chaleco, la gente que va a aguantar unas cinco horas en los cruces con su banderita o su señal, se aplican, solícitos, en quitarle la idea de la cabeza. “Tú solo no vas a llegar, es complicado de indicar… vete con Carrasco, por ejemplo”. Al visitante, que reconoce los rostros pero es incapaz de recordar los nombres, le toca subir al pequeño camión del ayuntamiento. Más tarde habrá olvidado el nombre del conductor y no podrá escribirlo, pero la amabilidad y el buen hacer de la gente del CC Alaejos siempre van a ocupar un lugar en su memoria.

Zahorra

El camión tiene un acceso limitado a los caminos y no puede colarse por los senderos más estrechos, hoy húmedos por las lluvias de estos días. Sorteando los charcos por la pista ancha rojiza, sin esperar a la salida, se adelanta hasta un pinar rodeado de tierras de labor. “Tenemos que parar aquí, vas a ver pasar a todos hacia esa pequeña cuesta”, explica el conductor, mientras camina paralelo a la cuneta. Hay dos setas de cardo, alguna más pequeña alrededor. “Mañana vengo a por ellas”.

Por el camino encharcado que se desborda hacia el pinar, el primer grupo de ciclistas avanza con el viento. Todavía compacto, va tomando velocidad y estirando la prueba. Más atrás, entre los pequeños grupos, participantes que ya han quedado aislados y pelean por alcanzar a sus compañeros. Otros parecen cómodos en la soledad y pedalean a su ritmo, mirando hacia adelante. Un futuro de subir y bajar, de cuestas imposibles y caminos rotos, les espera.

Valdevacas

En uno de los primeros repechos de la jornada, con el sol asomando tímido a la espalda, esta VIII Más Cañada se convierte en una interminable columna de participantes. Crecen las distancias entre unos y otros, el viento empieza a jugar su papel y rompe la prueba en multitud de trocitos de colores. La próxima parada es la cuesta de Carmona.

Los ojos del viento reciben a los ciclistas. A poca altura, desafiando cualquier ley humana o divina, un gran pájaro se balancea divertido sobre sus cabezas. Observa a estos monos venidos a más subir en sus extraños artilugios, con dificultad. Muchos se bajan, otros alcanzan la cima sobre su bici. Cuando ha tenido bastante, el águila, tal vez el milano, desaparece tras una loma, cansado de los gritos de ánimo y las palmas, del sonido de las pisadas, del girar de las ruedas.

“Even flow”

Si la traducción es correcta, el “flujo continuo” de ciclistas va pasando delante del chico que vino a hacer fotos, sorprendido ahora de escuchar la música que brota del altavoz que acompaña a uno de los participantes. El viento hace volar la canción cuesta abajo, Pearl Jam en todas las direcciones. La escena tiene su parte surrealista, pero dura unos segundos. Aparece Amara, acompañada de su padre, y el tiempo se detiene.

Por aquí ha subido, no hace tanto, Sara Yusto. A su manera académica, sin levantarse nunca del sillín, la respiración acompasada, el resultado de años de aprendizaje. Llega el turno de la joven ciclista de Alaejos. Agustín pasa delante, toma el lado derecho, el bueno, sube sin aparente dificultad y sin tráfico delante. Su hija, azul oscuro, gafas oscuras, inicia la parte más complicada de esta cuesta. Por su derecha. Lleva una buena cadencia, su pedaleo es similar al de Sara, puede que incluso más vivo. Evita la parte más irregular de la senda, el escalón. Son los últimos metros. Hay un ciclista delante, se balancea, trata de no caer, se detiene. Amara intenta avisar de su presencia, detrás. Demasiado cerca, tiene que posar el pie en la tierra para no pasar por encima, imposible girar ahora. Toda la concentración, todo el esfuerzo, se transforman entonces en frustración, casi en ira. Arroja la bicicleta y se sienta al borde del camino. Rabia. “Ya lo tenía”, se lamenta. Su padre anima a la joven a seguir, la tranquiliza. También el chico de negro que vino a hacer fotos dice algo, en bajito, alguna obviedad que no aporta nada. Se separa de la escena y disimula detrás de la cámara.

Amara en la cuesta de Carmona.

Amara, en la cuesta de Carmona.

Ambulancia 4×4

El camión abandona el camino, se requiere su presencia en otro punto de la marcha. Ahora son Chema y Andrés los que le hacen sitio a un tercer pasajero en su flamante ambulancia. Por carretera hacia Castronuño, corta parada para recoger avituallamiento, Pollos y su peculiar iglesia, cercanías de Sieteiglesias bajo el puente. El escenario se antoja inmejorable, pero los ciclistas, esta vez, no colaboran con el fotógrafo. La prueba se ha atomizado hasta tal punto que, durante más de treinta minutos, pasan entre los ojos del puente unos cinco participantes. Después, un par de grupos pequeños, disfrutando del viento y la lluvia, entre la arena, arropados por los árboles amarillos y la maleza. Es hora de partir.

Avituallamiento

El río Trabancos es una alfombra anaranjada de hojas verdes marrón oscuro. Los últimos participantes en llegar, a nueve kilómetros de la plaza mayor de Alaejos, se detienen. Un plátano, agua, aire. Ahí vienen Agustín y Amara. El incidente de Valdevacas se ha convertido, con el paso de los kilómetros, en una anécdota divertida, algo que contar a las compañeras de equipo. Un motorista informa a los presentes de lo acontecido en el Horno Cazo. El jamón es para un ciclista que iba de azul y blanco. Tiene que ser Marcos, mira, el de esta foto.

Un buen final

A pesar del viento y el frío, tras los primeros tramos más duros, pasada la mítica cuesta, recorrida la pista final, merece la pena estar aquí y ahora. Andarines de Nava del Rey, Adolfo, Rubén, Jorge, Fernando Carrasco y su marcha de Tordesillas… todo cabe bajo estos soportales. La maltrecha torre de Alaejos vigila la llegada del dorsal número 20. Baja exhausto de la bici. Contempla el panorama. Los refrescos, la cerveza, algo de cuchara, la empanada, el embutido… también son para él. Dejadme decir que hoy son, sobre todo, para el último en llegar.

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